Por: Marco Fernández Leyes (periodista, escritor).
Hace tiempo me acecha una imagen: la escritura como bestia marina que solo deja ver su lomo de vez en cuando, para hacernos saber que existe, que no se trata de un mito ni de las alucinaciones de mentes afiebradas, de la manía tan actual de atribuirle la creación a una inteligencia artificial salida de control, sino de algo real y concreto. Pero que, al igual que los cetáceos, una vez que creemos estar ante la posibilidad apreciarlos en su totalidad vuelven a sumergirse y desaparecen en las profundidades oceánicas para volver a ser vistos quién sabe cuándo. ¡Tal vez nunca más en lo que nos quede de vida! Tan miserables somos para el conocimiento que nos desprecia sin preocuparse por las noches de insomnio que pasaremos tratando de recrear ese trazo fugaz que una vez creímos distinguir.
Y esa certeza de insignificancia es la que me mueve a seguir explorando, mediante la escritura o la lectura. No me conformo con haber sido testigo ocasional de la existencia de estos seres, no señor, una vez descubierto el monstruo lo justo es ir a su caza. Aunque sepa que será una persecución perdida de antemano y que se convertirá en una tarea de toda la vida. No importa. Incluso a sabiendas que deberé consolarme con construir o reconstruir al monstruo a partir de fragmentos, trazos, retazos, porciones. Al final será una encarnación deforme y aproximada, cierto, pero ¿qué de todo lo que hacemos no lo es?
Cuando escribo percibo a estos seres mitológicos haciendo chistes a mi espalda, guiñándose un ojo, seguros de que están a salvo o convidándose mates bien amargos mientras se regocijan con mi incapacidad de describirlos en plenitud tal y cual como son. Y no porque no pueda, ojo, sino tal vez, debido a que saben ellos que en caso de hacerlo operaría el efecto deseado. Si osara exhibirlos cual identikit policial, en vez de hacer evidente que existen, solo lograría invisibilizarlos. Y es evidente por qué: estas criaturas únicamente viven en la penumbra, los contraluces, el borde espumoso que separa al aire del agua. Cualquiera que pretenda extraerlas de estos límites fracasará estrepitosamente. ¿Vieron lo ridículos que quedan las criaturas abisales que son exhibidas fuera del agua? Sin la presión, sin toda la carga de toneladas de existencia sobre sus lomos, estos seres se desinflan, pierden estructura, se vuelven babosas.
Pero existe otro factor a considerar. Las bestias se mueven sin temor porque saben que es imposible mirar directo al sol sin quedarnos ciegos. Ver de tal forma es algo para un círculo al que no pertenecemos, nosotros, humildes mortales, debemos conformarnos con figurarnos los hechos a partir de bordes, contornos, siluetas, sombras y rastros efímeros. Ni siquiera el gordo Fox con su atrevimiento y voluntad pudo resistir el empuje del Astro Rey empeñado como estaba en mirarlo de frente hasta apagarlo.
Así que me contento con lo que me es dado. Navego por páginas impresas y escritas consciente que cada vez que advierto un movimiento estoy observando el pasado. Allí donde las burbujas me indican que el monstruo estuvo, pero ya no. Huellas de un andar que me gana de mano. Él, ellos, siempre se encuentran en un lugar distinto del que creemos y aunque la práctica nos vuelva más sagaces, solo podremos aspirar a captar un ojo, una aleta, una garra, una porción de vientre o un movimiento de las mandíbulas antes que vuelva a la oscuridad que le pertenece.
Luchamos una batalla injusta. Nuestro deseo de atraparlos choca contra la imposibilidad de acceder a terrenos que nos están vedados. Lugares en los que nosotros no tenemos nada que hacer, cuyas reglas no entenderíamos y en los que ni siquiera calificaríamos como adorno kitsch. En el Valhalla están Laiseca y pocos más. Me atrevo a decir que ni siquiera nos concederían acceder a ese conocimiento aunque estuviéramos jurásemos entregar la ofrenda máxima.
Es menester que ciertos asuntos sigan siendo privativos de los dioses, que persistan ajenos a nuestra comprensión. Y está bien que así ocurra.
Reporte de avistajes
Un monstruo no se define por su volumen, densidad o extensión. Existe o no. Y punto. Así que aprovecho estas líneas para acercar un breve listado de criaturas unas colosales, otras de engañosa brevedad, que pululan por mi biblioteca.
El rincón de los desmesurados:
– Las series infinitas. Pablo Farrés en su máxima expresión. Novela de 650 páginas publicada por Editorial Nudista. Sin dudas una de las obras más encumbradas de la literatura argentina del siglo XXI.
– Los hermanos Karamazov. El clásico de Fiodor Dostoievsky. Sobran las palabras. 753 páginas por Gradifco.
– El jardín de los siete crepúsculos. Miquel de Palol nos arroja en un engranaje de narraciones superpuestas que dan marco a un futuro distópico en el que las guerras se libran por diversión y como amenaza de disuasión. Editada por Anagrama, posee 883 páginas.
– Los sorias. El monstruo máximo de la vida misma de Alberto Laiseca. Amor y redención en un mundo alterado física y psíquicamente. Simurg estuvo a cargo de esta edición de 1.342 páginas.
Los pequeños tienen lo suyo:
Nigredo. Primera de tres instancias de transmutación de la materia, la putrefacción. Agustín Conde de Boeck condensa un universo en 104 páginas publicadas por Editorial Nudista.
Lo incomible. Retrato deforme de una cena familiar que deviene en manjar de la mente en las manos de Marcos Apolo Benítez. Son 62 páginas exquisitas a cargo de Azul Francia Editorial.
Invitación a la masacre. El debut literario del “gordo” Marcelo Fox y sus propuestas para poner fin a la humanidad. Hubo una sola edición original. El resto circula en los bajos fondos literarios.
Plop. Rafael Pinedo propone dar un vistazo a la sociedad que emerge cuando todo lo demás desaparece. Un futuro que parece caótico, desesperanzado, pero que se mueve con convenciones firmemente establecidas y costumbres que trascienden la voluntad individual. El barro llama al barro. 140 páginas, editada por Interzona.
La ciudad de las ratas. Copi revive su período parisino a través de las cartas que recibe de la rata con la que compartió departamento. Traducciones entre rata-humano y la capital vista desde los ojos del roedor. Editado por primera vez en español por Cuenco de Plata, 144 páginas.
La joya
El desierto y su semilla. Autobiografía ficcionada de la vida Jorge Barón Biza acompañando a su madre, Clotilde Sabattini, en los años posteriores al ataque con ácido de su exmarido, el infame dandy Raúl Barón Biza. Tal vez una de las cinco mejores novelas escritas en el país.
* Publicado en Diario Norte el 21 de marzo de 2026.
Comentarios