Por: Marco Fernández Leyes
Todos, sin excepción, tuvimos que hacer frente en algún momento a la frustración de intentar en vano eliminar una mancha en nuestra ropa favorita y, en cambio, ser espectadores con asiento preferencial para ver cómo se expande hasta que cada retícula y pliegue de la tela sobre el que nos posemos cae víctima de la degradación. Un lamparón que crece y se derrama por la mesada, el piso, los mosaicos e infesta lo que toca.
Mientras nos arremangamos dispuestos a barrer con la mugre solo conseguimos fracasar una y otra vez a medida que nos damos cuenta que a lo único que podemos aspirar es a alterar la forma, tal vez el color y densidad de la mancha, pero nada más. Esa composición novedosa que cubre la capa previa sin subsanar el deterioro, provocando que con cada ciclo el entramado original sea menos distinguible y se aleje la posibilidad de recuperarlo.
Porque lo anómalo no conoce otra forma de vida más que la que se da por medio de la expansión y mutación. La diversificación cancerosa que, una vez puesta en marcha el mecanismo, es imposible de detener. Aunque nazca de movimientos sutiles que se aceleran hasta el vértigo absoluto que tajea la piel, comprime los globos oculares y coloca a los fluidos corporales en estado de ebullición. Al final de cuentas es mi culpa, mi única y gran culpa, y no encuentro mecanismo de expiación que evite este padecimiento. Porque para crecer y evolucionar hay que atravesar la maleza sin atender a las heridas que pueda sufrir en el camino. Sin oír los llantos y reclamos. Solo caminar hasta que los pasos se sucedan al límite de la velocidad de la luz.
Froto la lengua contra los incisivos y repito el mantra “sos turro, ¡eh! Otra vez me agarraste” en genuflexa comprensión del artefacto que reposa en mis manos: “Un mundo distinto”, lo nuevo de José Retik, esta vez en causa común con Editorial Nudista. Dos viejos conocidos a los que nunca termino de adivinarle la gambeta y que me exhiben el vicio futurista de lo atávico.
La propuesta con que esta vez nos desayuna el platense Retik consiste en avanzar hacia la desintegración del yo sin que importe nada más. Mejor dicho, como justificación de todo lo demás. Causa y fin de las acciones humanas. Abandonemos esa peste de la individualidad de la materia y el psiquismo, nos dice en un grito que resuena con los cantos de batalla de Pablo Farrés, otro coloso que atraviesa estos senderos con habitualidad.
Nos encontramos ante la necesidad ineludible de erradicar las malas ideas. Aquellas carentes de virtud que solo empobrecen al sujeto. Hablamos, en última instancia, de barrer con cualquier rastro de pensamiento anómalo. Esta empresa arranca con timidez y muy pronto se hecha a rodar ganando volumen y velocidad, incorporando a su masa todo lo que absorbe en la caída al punto que dentro de ella cabe el universo y, fuera, la nada. Tanto que resulta imposible nombrar lo que la excede si no es más que por su negativa: el no-dentro.
Pero, ojo, no confundan esto con deformidad. Al contrario, la novela nos sumerge en un universo de preciosa desmesura. Así, en medio de la resignificación de la individualidad, seremos testigos del surgimiento de una mente, una nación, un líder latinoamericano; o lo que resulte más aproximado en la centrifugación hacia la que nos dirigimos. Seremos testigos, también, del ascenso de reinos y diarcas que se hundirán en luchas intestinas por un poder que jamás les será del todo propios. Cuando no pertenezca a unos, recaerá en los otros. También planes de eugenesia que, bajo distintas mascaradas, serán ofrecidos para deleite de las élites por sucesivos funcionarios del mismo modo que los guionistas reciclan tramas para no complicarse mucho con cada nueva película. “Claro, ¿por qué no? Seguro que esta vez funcionara, ¡no cabe duda!”, dirán los líderes de turno impulsando la maquinaria un paso más hacia el abismo.
Retik aprieta a fondo el acelerador en “Un mundo distinto” para hacernos saber que las tres paradas anteriores (Los extraestatales, Cine líquido y El muñeco) fueron necesarias a fin de prepararnos para esta nueva expedición.
Más importante aún, persiste realismo delirante como hilo común que las enfoca y atraviesa. La optimización de esta máquina parlante que no deja de tributar a Alberto Laiseca, el Monstruo Máximo de la Vida Misma. Allí es cuando Retik nos exhibe sus cartas credenciales que lo confirman como pleno ciudadano tecnócrata.
Porque existen fuerzas en la escritura que funcionan más allá (incluso a pesar de) de nuestra voluntad y capacidad de dominarlas. Inercias que nos cortejan para que creamos que somos artífices de las palabras e ideas que vemos plasmadas en el papel, cuando la verdad es que cada una de estas cosas nos viene dadas y solo operamos urdiéndolas con nuestras manos. Nada de libre albedrío. ¡Cuán atroz y distinta es la realidad! Tan bella y seductora en sus pliegues.
Avanzamos amalgamados en un solo cuerpo y mente edificados a partir de millones de fragmentos individuales. Colosal, desmesurado. La anomalía infinita como causa y motivo de nuestros actos. Artífice de la creación de nuevos mundos.
En detalle
“Un mundo distinto” (2025)
144 páginas
Editorial Nudista
Otras obras del autor: Los extraestatales (2020), Cine líquido (2022) y El Muñeco (2024) todas con Borde Perdido.
* Publicado en el suplemento «Chaqueña» de Diario Norte el 19 de octubre de 2025.
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