Divagues del sometido

Por: Marco Fernández Leyes

Me cuesta seguir, pero no aflojo. Tiro y estiro, jalo hasta que la cadena se tensa y me estruja las tripas. Siento crujir el estómago y a los intestinos enredarse. Hundo el pie un paso más adelante, perforando la ficticia barrera del futuro que solo se despliega para transformarse en presente. Los eslabones vibran desde el esquivo pasado y, cuando vuelvo la vista hacia ellos, solo encuentro una cortina parecida, aunque sutilmente distinta, a la que tengo delante. ¿Soy yo el que me desplazo o es el decorado temporo-espacial el que se mueve convirtiendo mi existencia en una ilusión, una sucesión de imágenes expuestas en veloz intercambio que confieren a la quietud la apariencia y organicidad de lo vivo?

Una pantomima de existencia anclada a un ahora perpetuo que convierte a la vida en una farsa. Porque si no hay antes ni después, ayer o mañana, esperanzas ni anhelos, ¿cómo es posible la más sencilla manifestación de vida? Si, en última instancia, la existencia de la memoria no tiene ninguna justificación y ni siquiera aparece en nuestro lenguaje. En tal escenario, en el que no hay nada a lo que asirse ni que esperar, ¿por qué mi avance es entorpecido? Debería ser todo lo contrario. Tendría que disponer de mi ser del modo que quisiera. Pero no. Somos esta cadena y yo. ¿Con qué fin? Si a nadie debo tributo y no quedará registro de mis actos, sea para loas o repudios.

Doy otro paso, la barrera se mueve conmigo. Por un instante parece que logro atravesarla, casi lo hago, ya tengo medio pie dentro. Entonces la cadena se pone terca y no hay manera de convencerla que cambie de parecer. En sus vibraciones entiendo que la acometen las mismas dudas. Los mismos miedos. Vamos juntas en esta guisa. Me aprieta para asegurase que no pueda liberarme, envolviéndome con el abrazo firme y definitivo de una constrictora alrededor de su presa. Porque a la primera que afloje, no tengan dudas, me zafo y chau. Hasta ahora no ocurrió, pero tal vez, solo tal vez… Mientras tanto sigo maquinando cómo soltarme. No se trata de fuerza, casi nunca es por ahí. Estos eslabones son bien bichos y si los enfrento les simplifico la cosa.

Mis pies deciden actuar y no estoy seguro de haberles ordenado que lo hicieran. Me consuelo pensando que muy probablemente esta parodia de autodeterminación que experimentan ellos conmigo sea la misma que me une a la cadena en un juego de dominación verticalista. ¿Es acaso mi limitado entendimiento del universo el que me impide comprender si formo parte de algo que me excede? Como sea. Los eslabones tiemblan y se contraen con el roce provocándome punzadas en las costillas.
Escuchame un poquito, no seas taimada. Vení, relájate y charlemos un rato. Intento convencerlo, jugar su juego, comprender las reglas a las que se somete. Vos que te perdes tras este manto difuso. Dejame conocerte mejor. Es lo menos que merezco si, tal como aparenta, estamos llamados a ir juntos.

La cadena tira y en ese estremecimiento atávico me obliga a caer de rodillas. ¡Salve, oh peregrino en que me convertí! ¿Será que desde este nuevo rol al que me veo compelido habré de comprender dónde me encuentro? Percibo en el tacto que uno de los eslabones es distinto. Lo noto tibio, sudoroso, algo blando. Una extremidad contrahecha. Me aferro a esta nueva esperanza. Avanzo con la devoción ciega del converso que nada tiene por perder y, en consecuencia, no duda en dejarlo todo atrás. La entrega total del que nunca temió al mañana ni vivió bajo las admoniciones de lo hecho en un ahora perenne que abarca cada rincón de la existencia. El presente que aglutina lo que fue y vendrá centrifugándose hasta que ambos sean indistinguibles.

Sin embargo, es erróneo decir que todo es lo mismo. Nunca será igual actuar que renunciar. No, señor. Abandonarse es morir y contra eso no hay oposición que valga. Entonces, avanzo. Y vos, cadenita, que no concedes un milímetro a la compasión, para quien la muerte también es el fin, tené muy en cuenta que soy el motivo de tu pervivencia. ¡Cómo no lo advertí antes! Soy la razón por la que aún no pasaste al otro lado y nada se encuentra más lejos de eso que la posibilidad de ser uno solo. Nada que ver. Vos por un lado; yo, por otro. Vos, un parásito que me ancla y somete. Yo, tu huésped. Pero eso se termina ahora. Mira cómo desgarro tu punto débil, este eslabón que me bautiza con su sangre. Sangre que lava mi pesar. Impotente ante la abrumadora presencia de la no vida te deslizas por mi cuerpo antes de convertirte en ceniza a mis pies. Pensar que un día te creí invencible.

El huésped agita los pies para deshacerse de los restos del yugo. Da tres, cuatro, cinco pasos dubitativos dentro del nuevo escenario. La niebla se disipa. Camina, por fin, sin la contrición que lo atenazaba. Se mueve veloz, como empujado por un viento de cola que infla las velas.

Adquiere conciencia de otros estados. El futuro y el pasado se manifiestan con pureza; pero es una tranquilidad que dura muy poco. Pronto es evidente que este nuevo entendimiento no hace más que acentuar el poderío arrollador del presente sobre sus hermanos: el pasado y el futuro. Es una fuerza que somete y condiciona. Al pasado, que es devuelto a modo de espejo deforme de lo que realmente ocurrió y que se altera un poco más con cada regreso a aquel tiempo que ya no existe. Cada iteración de la memoria vuelve ociosa la preocupación por la fidelidad de la recreación. A nadie le interesa saber si los hechos ocurrieron de esa manera. Impera la lógica elemental: si surgen así es porque ese fue el modo en que se dieron. Y será cuestión de tiempo para que se ordenen los tantos si alguna mente inquieta se empecina en sostener una versión alternativa. Solo habrá que dejar que el peso del ahora aplaste cualquier intentona revolucionaria. Lo mismo aplica para el futuro que retrocede, o desacelera su marcha, según se quiera ver, para hacernos creer que somos capaces de contarle sus pelos y señas, tomar los datos de la chapa patente y dar aviso a las autoridades antes que se pierda en la curva del horizonte. Somos muy ingenuos al suponer que por virtud nuestra conseguiremos ponernos cuerpo a cuerpo. Una vez que se decide a pisar el acelerador nos deja atrás con los vahos del combustible reverberando en el aire.

¿En qué momento dimos por hecho que tendríamos la habilidad de capturar a un fantasma? Arriamos banderas y tocamos fanfarrias de retirada. El fracaso en la empresa nos obliga a refugiarnos en el único lugar que conocemos: el presente. Aquí hacemos oídos sordos a lo que fue y será, evitamos así dolores, amarguras y desengaños. Ninguna esperanza sobre la que derramar nuestras lágrimas.

Es momento de que el huésped lo asuma por su propio bien. Justo cuando daba por sentado que era libre de hacer y deshacer sin remordimientos ni reproches.

Algunos estarán tentados de tratarlo de imbécil por desaprovechar una oportunidad que tan nítidamente se le presentaba. Son los mismos incapaces de advertir que nunca existió tal posibilidad. Que la muestra de plena autonomía a la que tuvo acceso no fue sino la confirmación de que en un modo sencillo y brutal extraña el abrazo del yugo. La seguridad que le generaba saberse amarrado sin remedio a un aquí y ahora que llegaba hasta donde fuera capaz de ver. Y que el después es una promesa que, como canto de enamorado, se yergue fantasmal frente a él. Un tesoro que se diluye con cada manotazo.

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