*Por: Marco Fernández Leyes
Nada enfadaba más a Raúl que recibir malas noticias. Ese día, particularmente, la sola idea de escuchar una vez más el timbrazo del teléfono lo ponía frenético. Digamos que no era uno de esas personas para asignar tareas estresantes, pero la vida tiene vericuetos inextricables y su función era, tal vez, la de mayor carga psicológica en la estructura estatal.
Corría el año 1997, el de su cuadragésimo cumpleaños, y acababa de ser nombrado jefe de la Unidad Especial de Asuntos Estatales para las Nuevas Tecnologías (la UNESASESNUTEC en el argot estatal). Los gobiernos afrontaban un ciclo complejo con la eclosión de nuevas formas de comunicación y la certeza de que, más que nunca, peligraba el monopolio sobre el tránsito de la información.
Raúl Villagra, tal su nombre completo, observaba con anhelo el mundo exterior a través de la única ventana que había en su cuarto, un rectángulo de dos por tres metros que daba a una plaza semiabandonada en el sector este de la ciudad. Pese a lo rimbombante de su cargo, él era apenas un número más y cualquier otro habría sido igual de útil.
Cada cierto rato giraba 180 grados su silla y volvía su vista a la pizarra de tareas repleta de borrones y enmiendas con tizas de colores. Escuchaba el murmullo proveniente de los pasillos y ansiaba huir. Toda su vida adulta estuvo convencido que su futuro sería el de un trotamundos libre de preocupaciones que viajaría de lugar en lugar, viviendo a base de propinas como mozo en bares de mala muerte y sabiendo que la noche siguiente, o la otra, estaría en un nuevo sitio. No conocer a nadie, no depender de nadie ¡Qué felicidad!
Pero no. Villagrita quedó estancado en los engranajes del Estado cuando cumplió 18 años y nunca más pudo zafar. Ahora dependía de su miserable sueldo, del techo que le daba su vieja y del reloj hijo de puta que le recordaba su vida con cada golpe de aguja. También tenía una deuda colosal con la tarjeta de crédito, un gato viejo y novia (ella era buenísima, merecía algo mucho mejor que él). A pesar de pasar noches enteras cavilando, nunca entendió cómo llegó su vida a tal extremo de simpleza y vulgaridad.
El teléfono sonó una, dos, tres veces, Raúl descolgó el tubo y ni siquiera se dignó a presentarse. Del otro lado le dijeron algo breve, quedó duro unos segundos y adquirió un aspecto lúgubre. Colgó, se deslizó apenas hacia atrás, intentó aislarse en sus fantasías de forastero, pero todo fue en vano. Entonces se dirigió a la ventana, tomó aire y gritó desesperadamente durante más de un minuto, hasta que quedó afónico, presa de un ataque de tos, con el rostro cubierto de lágrimas.
“Bueno. Si ha de ser, que sea hoy”, pensó y se fue del edificio sin avisar a nadie. Bajó corriendo por las escaleras y tomó un taxi. Tardó veinte minutos en llegar porque le costaba articular las palabras y el chófer estuvo un buen rato tratando de comprender cuál era el destino. En el trayecto frotaba sus manos y notaba que la sensibilidad era cada vez menor. Apenas tenía registro de lo que ocurría fuera, su vista volvíase borrosa por momentos y tenía la sensación de estar levitando dentro de un túnel cilíndrico que giraba a toda velocidad.
Dos cuadras antes de llegar sintió el característico aroma a cosas quemadas. Unos metros después el vehículo se topó con un retén policial, bajó y corrió como loco mientras su corazón aumentaba las pulsaciones a ritmo frenético. Vio dos camiones contra incendios y varias cuadrillas de bomberos que trabajaban en lo que quedaba de la casa en que vivía su novia. Llegó a la puerta y fue empujado por un gigantón enfundado en un traje antillamas, quiso decirle algo pero justo en ese momento vio a dos paramédicos salir con una camilla metálica cubierta con una lona negra; un movimiento imprevisto la hizo tambalear y dejó expuesta una mano. Villagra identificó automáticamente las pulseras y anillos de su novia, lo único que brillaba en esa extremidad semicarbonizada. Empezó a gritar, tomándose los pelos, y cayó hecho un ovillo; se dio cuenta que nunca le había dicho que la amaba (porque jamás hasta ese momento había sentido tales sentimientos). Su corazón dio un vuelco, perdió noción de tiempo y espacio.
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– Excelente. Realmente excelente. Esta herramienta es magnífica -Dijo el doctor Octavio Valdez, jefe del Laboratorio para la Reinstrucción Social.
– Y eso que es una versión beta -secundó Elías Caminos, uno de los científicos jefe-. Esperamos que en un par de años la tecnología nos permita insertar sensaciones sin que debamos tener bajo sedación a los sujetos. Este tipo se sometió al experimento que propusimos en la Unidad porque quería algo de emoción, sentía que su vida estaba vacía.
Frente a ellos había un monitor de 80 pulgadas que transmitía en vivo las imágenes generadas por software del frente de la casa en las que se veía cómo Raúl seguía gritando de horror, acurrucado en el piso como un bebe.
En una sala contigua, Villagra estaba acostado en una camilla, tenía puesto un traje y casco háptico, los instrumentos de monitoreo daban cuenta que su ritmo cardíaco, respiración y actividad cerebral estaban fuera de control, totalmente afectados por la información que era introducida en su mente en esos momentos.
Los científicos sonrieron complacidos. Las pruebas daban sus primeros frutos y, una vez que tuviera luz verde, el Estado contaría con una herramienta fenomenal para domesticar a los elementos rebeldes. Valdez realizó varias llamadas a sus superiores, les transmitió las buenas nuevas y volvió a su despacho (que desde mañana sería un poco más grande) para dejar sentados los avances obtenidos.
Raúl nunca supo que vivió una fantasía. La experiencia fue tan brutal que una vez desconectado de la máquina sus recuerdos ficticios taparon a los reales. Pasó los siguientes 45 años bajo una sombra de tristeza y abandono, miserablemente aislado por sus superiores en un cubículo de la UNESASESNUTEC hasta que se jubiló hace 10 años. Murió ayer y fue sepultado en total soledad.
(Publicado en el Suplemento ELSA de Diario Norte el 12/12/20)
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