Postales de ciudad

Por: Marco Fernández Leyes
Dibujo: Gabriela Vacca
Hay un éxodo y lo veo desde mi puerta. Familias, travestis, prostitutas, periodistas, mi maestra de la primaria, el cura de sotana corta, los chicos del barrio, la primera mina que me calentó. Tota, la perra que me regalaron cuando cumplí seis años, el sodero, el sereno que dormía con el cierre del pantalón bajo a media cuadra de casa.

Caminan descalzos, llenos de una mansedumbre ovejuna, sobre la calle de vidrios astillados que se tiñe de rojo a medida que avanzan. Llueve ¿o es el reflejo de los cristales que confunden cielo y tierra? Acaso soy yo el que está cabeza abajo en este hemisferio contrahecho, contradicho. En vez de pies tengo raíces que irradian a mi alrededor y se niegan a penetrar la tierra. ¿A qué le temen?

La brisa filosa hiere las carnes de todos, también la mía, aunque estoy bajo cubierta, en este cobertizo que no está dentro ni fuera y tampoco me protege de los elementos.

Cada vez son más trashumantes. Ahora se suman la mina a la que todos le tenían ganas en el barrio y el viejo que nos amenazaba con el 38 para que no pasaremos en bicicleta por su vereda. Del otro lado distingo una lumbre que flota entre dedos de nicotina y se pierde en el bigote canoso del fumador. Ese que entre puteadas nos dió las primeras indicaciones para patear una pelota. «¡De puntín no, pibe! Con el empeine, con el empeine», gritaba desde el sillón.

Ya que estoy imposibilitado de huir, en parte por el tema de los pies, pero también por el goce que me produce el desfile, me alegro de poder satisfacer mi apetito con la bilis que filtro del sueño. ¡Qué reconfortante es compartir la misma experiencia con la multitud que copa las calles! Hace rato no hay una fiesta así, ni siquiera recuerdo otra igual. Tal vez aquella de principios de siglo. Pero entonces desfilaban los vivos al borde del abismo. No. Esto es distinto.

Alguien me habla, bajo la vista y veo un bulto que crece en mi vientre. Crece hasta convertirse en una ramificación distorsionada de mi propio yo. Creo reconocerlo, pero está tan cambiado desde la última vez que lo ví.
Grita.

“¡Quisiste abortarme y no pudiste! ¿Pensaste que podías librarte tan fácil de mí?”

Ahora grito yo. Agito las manos para ahuyentarlo, intento desprenderlo, pero se resiste, está adherido con firmeza. Es parte mía. Siempre lo fue. Tengo las extremidades fuera de control. No me resigno a la posibilidad de apartarme de esta criatura.

Sus ojos me remiten a tiempos que creía superados. Ningún fantasma queda atrás para siempre.

Caigo en la cuenta de que nunca contemplé otros como esos. De las cuencas caen larvas que reingresan al cráneo a través de la boca cadavérica. Esa cosa ríe hasta aturdirme con un registro que reverbera en mis músculos Se retuerce, me mira a los ojos y de la misma manera que la cinta de los casettes al llegar al final, rebobina y repite la sentencia del inicio. Aparentemente es lo único que sabe hacer. Apenas hasta ayer a ese murmullo lo sentía dentro de mi cabeza y ahora se ha mudado.

Por fin lo tengo a mano y me atrevo a enfrentarlo. No sos más que un forúnculo sobredimensionado en mi cadera. ¿Cómo llegaste ahí si no puedo engendrar? Ya no te tolero.

Siento que es inútil gastar energías en amenazas, la cosa no tiene intención de alejarse. Me queda una sola alternativa: aplastarlo a golpes hasta convertirlo en una bola purulenta que gimotea y desaparece entre mis raíces.

Los lamentos de la muchedumbre son barridos por una marea de avispas enormes puños que se dan un banquete con los restos de mi antiguo retoño. Estoy condenado, no tengo salvación.

La caravana avanza, el matón de la infancia se arroja en palomita desde el balcón de su casa y revienta entre la multitud. Hay vítores por el espectáculo y algunos pescan restos para usarlos como guirnaldas. Es el uso más provechoso para aquel desgraciado. Cualquier plan es válido para sumarse al cortejo.

Un triplano de la Primera Guerra Mundial sobrevuela la ciudad. Lleva las alas recubiertas con las pieles de mis compañeros de redacción. Nunca los había visto tan solemnes y atildados. Adelante y a los costados dos exprofesores hacen las veces de hélices. La nave no cuenta con tren de aterrizaje, dudo que lo necesite allí de donde proviene. Lo comanda la flaca que se lanzó desde el octavo piso hacia el patio interno del club en el que nadábamos en los veranos de adolescencia. La acompaña el tipo que se ahorcó dentro de la casilla del tren. Ninguno de los dos se priva de señalar a los conocidos que encuentran en el desfile y pasan rasantes para que los vean.

¿Cuánta gente habrá sopesado su vida sentada en un banquito de la plaza? En las de esta no-ciudad o en cualquier otra del mundo. Y, por sobre todo, las viejas que alimentan a las palomas ¿serán conscientes de que solo alquilan compañía? Al final no hay nada más poderoso que la propia mentira.

La normalidad es una ilusión.

*Publicado en la revista Chaqueña de Diario Norte el 9 de abril de 2023.

Sigue leyendo

AnteriorSiguiente

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *