—“En el momento correcto vas a saber qué hacer”, me dijo mientras compartíamos la barra del pub. Yo tomaba cerveza negra, ella un mojito tras otro. Sin decir más, se levantó y se fue. Quedé maravillado con ese culo que se alejaba entre la gente. Es todo lo que recuerdo de la charla que tuvimos y de cómo lucía. Fue un sueño extraño, de esos que te quedan boyando, ¿viste? Por eso te lo cuento. Es raro que algo que soñé me impacte, podría contar esos sueños con una mano en mis casi cincuenta años. ¿Es normal que me obsesione con un sueño?
—A ver, no te voy a decir qué es o no normal —intervino Juan, desde su poltrona a espaldas del diván—. Pero sí me interesa que profundicemos. ¿Solo recordás esas dos cosas de esa mujer?
—Es que Juan, ¡si hubieras visto ese orto como yo lo vi! Ahí lo entenderías.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste sexo? —disparó con ese dejo de perversa curiosidad que leía cada tanto entre sus palabras.
—No sé, no recuerdo. Tal vez hace un par de semanas, menos de un mes. ¿Acaso importa?
—Todo es valioso.
—¿Qué carajo significa eso?
—Otra cosa más sobre la que debemos laburar. Pensalo como indicios o pistas para armar un rompecabezas. Además, es evidente que te preocupa lo que soñaste…
—No dije que me preocupase —lo corté, porque no quería pasar por boludo.
—Ricardo… —terció con un tufillo a burla— llegaste a la consulta mordiéndote las uñas, no me dijiste ni hola, arrancaste a hablar directo sobre la mina y la frase que te dijo. ¿Vos qué pensás?
—Bueno, tal vez un poco sí. ¿Por qué tengo estos sueños, Juan?
—Eso es lo que intentamos averiguar.
Cerré los ojos, coloqué las manos sobre el estómago y respiré pausado. Sentía que llegaba al borde de un aljibe del que no conseguía ver el fondo. El resto de la sesión transcurrió como un bote que navega sin timón. Al menos ese fue el sabor de boca con el que me fui.
Siempre iba y volvía caminando al consultorio. Por un lado, porque es un despelote conseguir estacionamiento en esa zona durante la mañana; por otro, para zafar un poco de la oficina. Un taxista me arrastró a la realidad gritándome: “Pelotudo de mierda, mirá por donde caminás, pajero”. ¡Qué gente tan amable! Creo que los taxistas y los contadores debemos ser de los más puteados y puteadores en la vida. ¡Ah, no! Me olvidaba de los referís. Bueno, pero ellos la tienen merecida.
El resto del día me la pasé haciendo nada. Volví a casa lo más temprano que pude y me tiré a ver tele. Fue la mejor opción: era viernes y la gente se enloquece como si no hubiera un mañana. Me desperté a eso de las cinco en el momento en que John Rambo, oculto en el bosque, respondía a los capos del ejército de los Estados Unidos respecto a por qué comenzó a actuar como un forajido: “All I wanted was something to eat. But the man kept pushing, sir”. (“Solo quería algo para comer. Pero el tipo siguió molestándome, señor”). Había algo más que pochoclos en el inicio de aquella franquicia. Apagué la tele y volví a dormir.
El sábado tampoco fue gran cosa. Vino una amiga a almorzar, destapamos un vino, sonrisa va, chiste viene, terminamos en el piso del living. Se nota que ambos nos teníamos ganas. ¡Qué bien garcha la piba! Quedamos en vernos cuando su esposo volviera a viajar o ir de pesca. Cuando se fue eran casi las diez de la noche; encargué una pizza, abrí otra botella de tinto y me puse a ver boxeo, planazo. Los sábados tampoco me gusta salir, la gente se pone loca con los boliches, la música al palo y una que otra pepa. Tal vez sea un poco antisocial. En realidad, no aguanto el quilombo ni la pelotudez.
La cuestión es que durante todos estos días seguí pensando en la frase. La tengo enquistada en el cerebro, ni siquiera mientras cogía podía apartarla. Tengo insomnio, son las cuatro de la mañana, a ver si con media botella consigo dormir.
Tarea para la casa: no empedarme más, ya no tengo veinte. Mi cerebro es sabio cuando quiere. Es un cínico hijo de puta. Ahora viene con moralina y discurso libre de alcohol. ¡Andate a cagar, turro! ¿Dónde estabas anoche para frenar la rueda del hámster?
—Fueron unos días de mierda, Juan. —digo, tirado en el diván mientras me masajeo los pies y veo unos helechos en el rincón del consultorio— Ni vale la pena repasarlos.
—Tranquilo. Contame qué te pasó.
Noto la forma en que frota la birome contra su frente.
—¿Son de verdad?
—¿De qué me hablás?
—Los helechos esos.
—Sí, claro. Es un espanto tener plantas artificiales. Fijate que ellas cambian también, hay etapas en que están espléndidas, otras veces se marchitan y renacen.
Quedé pensando durante varios segundos. Su política es hacer silencio hasta que yo empiece a hablar; siempre termino cediendo porque me invade la misma incomodidad que deben atravesar en un interrogatorio los sospechosos cuando el tipo los mira fijo sin decir nada. Solo que acá no veo que me mire y tampoco se me acusa de algún delito.
—Me embola todo esto —escupo sin más.
—Si no querés, no vengas; no es una obligación.
—No me refiero a vos, sino a la situación.
—…
—Al sueño, a mi vida. A todo esto.
—Se supone que estamos acá para modificarlo y que deje de molestarte.
—Sí, eso ya lo sé. Capaz pensé que sería más rápido y llevaría menos tiempo.
—Recién vamos por el tercer mes. Apenas empezamos a rascar la superficie. Hacé de cuenta que diste el primer golpe de pala y tenés que construir una mina subterránea. Eso lleva tiempo, no se consigue fácil.
—¿Cuánto creés que falte?
Me ponía tenso la incertidumbre.
—¿Para qué?
—Para que me des el alta, para curarme.
Juan rio. Era de las primeras veces que lo escuchaba fuera de su registro profesional, y me tentó. Recuperó la compostura y me explicó con ese tufillo, que esta vez olía a gracia.
—Esto no funciona así. Vos no estás enfermo. No venís acá a curarte, sino a conocerte.
La sesión pasó volando y yo seguía perdido. Tenía como tarea tratar de reconstruir lo máximo posible el sueño. Era viernes otra vez.
—¡Anoche soñé con la mina! Fue algo muy ashero: trotábamos juntos en el parque. Ella reía por algo que yo le decía, me miraba a cada rato. Era casi el atardecer, la transpiración sobre su piel se veía tan real. Tiene pelo negro bien corto y un tatuaje estilo japonés que le cubre todo el brazo derecho. ¡Es una perra total! Y ese culo, por favor, es algo de otro planeta. En un momento simulé que se me desataban los cordones para retrasarme un poco y poder admirarlo plenamente. Sí, soy un pajero de manual. No me importa.
Seguí la sugerencia de Juan y, apenas desperté, anoté lo que recordaba, quería preservar la mayor cantidad de detalles posibles. El parque estaba lleno de gente, no reconocí a nadie. Ella no me habló en ningún momento, solo se reía con esa boca perfecta. Ahora que lo pienso, iba casi levitando, sin que me molestase el gentío, disfrutaba mucho estar a su lado. Era como si estuviera dentro de un antiguo videojuego en el que nuestro único objetivo consistía en avanzar hasta que algo nos detuviera. Yo no daba más, estaba fusilado y recaliente con ella. Sentía la manera en que me clavaba sus ojos. El entorno era extraño: a unos metros del sendero por el que trotábamos había una laguna de agua lila y un rascacielos con forma de tenedor, el tipo de pelotudeces que aparecen en esos momentos. Entonces alguien gritó, hubo una explosión y me desperté con la pija re dura.
Escribir lo que soñé fue una liberación que me permitió empezar el día de buen ánimo. Durante la ducha di cuenta de la erección, chupé unos mates y salí para el laburo. Sería una semana corta por un feriado en recuerdo de la muerte de alguien. Recibí un mensaje de Juan avisando que por ese motivo nos volveríamos a ver recién el otro viernes.
Hice cuentas, van casi siete meses de terapia. Mi cerebro se derrite, mi bolsillo sangra. El esposo de mi amiga se rompió un brazo, así que no irá a ningún lado por un buen tiempo. Busco en la lista de contactos alguien a quien invitar para vernos esta noche.
Feriado. Veo las veredas a través de la ventana, es casi medio día, no hay un alma en la calle, las hojas de los árboles siguen verdes, sin darse por aludidas. El celular dice que afuera hace veintiocho grados. Estos otoños ya no son lo que eran. Los primeros mates me quitan el sopor. Anoche vino de visita otra amiga, una bomba total. Hacía años no nos veíamos. Hay reencuentros que valen la pena. Sobre todo si sirven para bajar la excitación que traía desde la última vez que soñé con la morocha. Por suerte ella no toma alcohol, así que solo tengo cansancio físico y nada de resaca. No descarto hacerme abstemio ocasional.
—Ricky, ¿qué significa esta frase que está pegada por todos lados?
La pregunta me descoloca y por poco me tiro agua caliente encima. ¿Llegué al punto en que oigo voces? Siento un frío a través de la columna, quedo en silencio.
—No te hagas el misterioso, dale.
Unos pasos suaves salen del baño y veo aparecer a mi amiga envuelta en una toalla. Entonces había sido que se quedó.
—Espero que no te moleste que use tus cosas.
—No, no, para nada, metele tranqui.
—Gracias, sos un sol. ¿Almorzamos juntos? —tira como para tentar mientras se peina con los dedos el cabello rubio que llega hasta sus nalgas.
La verdad no tengo ganas, pero me cuesta rechazar la oferta. La acepto como una inversión de cara a un nuevo encuentro. Comemos en un restaurante japonés, de los mejores de la ciudad. Ella, en todo momento, insiste en saber qué hay tras la frase.
—Me recontra llamó la atención, Ricky.
Detesto el diminutivo, no sé cómo decírselo.
—Es solamente una frase, nada más.
—Dale, ni vos te lo creés —ríe burlona.
—En serio, es algo que… —medito un momento y evalúo la posibilidad de compartir el problema, quizás ella me ayude a encontrar una solución—. Tenés razón, ni yo me lo creo. Es un ejercicio que me recomendó el psicólogo…
—¿Vas a terapia? ¡Qué bueno! Contame.
—Sí, fue a raíz de un sueño…
Ella escucha con interés, no sé si real o fingido, toda la historia. A mí me sirve para ordenar ideas.
Desde aquel almuerzo la sensación de que algo invisible se desarrolla a mi alrededor fue en aumento. De eso hace cinco días. No volvimos a mensajearnos, es la parte buena de gente grande y sin vueltas. Al final del almuerzo la noté algo apurada, y se despidió sin mucho preámbulo, con un beso al aire. Durante este tiempo miré varias veces su foto de perfil y estado, tentado de escribirle, pero me resistí. Hay cosas a las que mejor no volver, aunque me haría bien charlar así.
Hay algo distinto en el consultorio de Juan, no termino de definir qué es. Me cuelgo viendo un origami de Godzilla que destaca en su biblioteca.
—¡Qué genialidad! —digo, señalándolo—. ¿Te lo trajeron de Japón?
—No, lo compré a un pibe en un puesto en la peatonal. ¿Cómo anduviste estas semanas, Ricardo?
Juan habría sido un buen inquisidor. Quiero contarle el sueño, el encuentro con mi amiga y la charla; todo queda trancado en mi garganta, me pongo en posición fetal y lloro sin control.
—Tranquilo, calmate, respira profundo, calmate —repite mientras me pasa una caja de pañuelos descartables.
—¡Y una mierda tus pañuelos!
—Tranquilo, Ricardo, tomá un poco de agua —le pego un manotazo y mojo toda la alfombra.
—Bueno, se terminó la sesión.
—Perdoná, no fue mi intención reaccionar así.
Me seco las lágrimas y los mocos.
—Es que tengo mucha impotencia porque al final me siento peor que cuando empecé.
—Es parte del proceso. Lo que sentís no siempre tiene relación directa con lo que ocurre realmente —me dice.
Me sereno y consigo contarle lo que viví las últimas semanas.
Peces koi, carne a la ostra, Godzilla, tatuajes, comida, origami, sueños, sexo, terapia.
Peces koi, carne a la ostra, Godzilla, tatuajes, comida, origami, sueños, sexo, terapia.
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Peces koi, carne a la ostra, Godzilla, tatuajes, comida, origami, sueños, sexo, terapia.
La pared de mi pieza está cubierta con trazos apenas legibles que hice mientras dormía. Anoche volvió a aparecer la morocha: Estábamos en una habitación que no reconocí. Ella bailaba de espaldas a mí algo que no recuerdo, sostenía una copa de vino tinto. Usaba un kimono de seda negra, muy corto, que dejaba ver todo su culo cuando se arrodillaba. Yo estaba en un sillón, delante de un ventanal, y afuera caía una tormenta brutal. En un momento se dio vuelta y empezó a caminar hacia mí, la luz era tenue, pero lo suficiente como para que grabara en mis recuerdos su rostro y cada centímetro de su cuerpo. Tenía unas tetas pequeñas y firmes de pezones rosados, el vientre marcado, piernas de bailarina; el tatuaje de un rasguño animal le cubría las costillas del lado izquierdo. Se movía en silencio, al compás de la música y me sonreía lívida.
Llegó hasta donde yo estaba, se recostó boca arriba en el piso, derramó un poco de vino sobre su vientre y me obligó a beberlo. Siguió vertiéndolo sobre sus tetas y en su pubis, guiándome a cada paso para satisfacerla; clavé mis dientes en sus clavículas y sorbí de sus labios. Me envolvió con sus dedos, su lengua recorrió mi pecho y se llenó la boca con mi pija. Cogimos sin frenos ni tabúes, explorándonos por completo, hasta quedar exhaustos.
Nunca tuve un sueño tan vívido, aún siento sus labios en los míos. Siento la mente liberada, fresca. Las sábanas están repletas de fluidos y semen secos. Voy al baño y veo las pegatinas que tienen escrito: “En el momento correcto vas a saber qué hacer”. Recién en ese instante me doy cuenta que es la primera vez en casi un año que despierto sin esa frase mordiéndome el cerebro. Siento paz. Tengo las piernas destruidas de cansancio, me arrastro a la cocina, necesito un café. Enciendo la luz, el origami de una grulla me observa desde la mesada.
* Publicado en «Es inútil que corras» (2022. Contexto)
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