Por: Marco Fernández Leyes
Dibujo: Gabriela Vacca
La limonada que compartían se mantenía poco tiempo fría en medio del calor de febrero. Intentaban protegerse del sol bajo una sombrilla con la publicidad de una marca de cervezas estampada en la parte superior. Alrededor de la jarra se formaban surcos con el sudor que descendía a través de la superficie cóncava y vidriosa. Algunas gotas se juntaban para dar nacimiento a lagos diminutos en constante evaporación; otras se perdían entre las uniones de la madera. Un poco más allá los dedos entrelazados de Luis y Camila, el punto más alto de la geografía, donde se suponía que las nieves serían eternas, daban la impresión de seguir el mismo destino. Vista de cerca la unión se parecía más a una mancha de humedad en el espejo del baño.
Camila juega con la bombilla plástica, la muerde, sopla, hace globitos con el jugo y envidia a una pareja que se besa sin pudor en la parada del colectivo. Los odia por la liviandad con que dan a conocer su desinterés por las reacciones que puedan tener quienes los rodean. Va a decir algo y frena al advertir que resultaría una indignidad comparar lo que tuvieron ella y Luis con aquella muestra de afecto.
—Este jugo es una mierda. Está caliente y recontra dulce. No sé por qué insististe en venir acá si sabemos que es horrible lo que sirven. Tendría que haberme quedado en casa.
Luis apoya el vaso contra uno de sus cachetes emulando el gesto del boxeador al que intentan bajarle la inflación entre round y round. Aún no probó la limonada. Tiene la vista intencionalmente extraviada para camuflar el deleite que le produce las tetas de la mamá que juega con su hijita en el cochecito en la plaza al otro lado de la calle. La ve casi como un punto, pero es suficiente para recrear en primer plano los pezones que aventura rosados y erectos. ¿Por qué tendría que ser la madre? Tal vez se trate de la tía o la niñera. Mejor aún, la novia de la mami. Aventura y exploración. De fondo crece el bullicio que provoca Camila con sus berrinches. Ya sé que este lugar es una porquería, piensa, ¿por qué te crees que propuse venir acá?
—No arruines la tarde, mira lo linda que está.
—Sos un pajero. Basta de mirarle las tetas a esa tipa.
Desactivado su plan, Luis se endereza, arroja el sorbete a un lado y bebe dos vasos seguidos. Los dos se mueven con naturalidad y en ningún momento permiten que sus caras pierdan el estado de relajación y goce que gritan al mundo “¡La estamos pasando genial!” para que nadie oiga la conflagración que se urde por lo bajo. Las manos entrelazadas escuecen y ninguno quiere ser el primero en retroceder. No hay espacio para la rendición. Ahora es hasta el final. Nada de simulacros. Acá no hay señal de emergencia como la que activaban para avisar al otro que el nudo de la corbata estaba muy apretado o que se excedían con la fuerza durante el ahorcamiento. Camila intensifica la presión sobre el vaso deseando que fuese el cuello de Luis. Trata de imaginar cómo se sentiría hundirle los pulgares en las cuencas y reventarle los ojos, cegarlo más allá del plano físico para que escarmiente.
—El viernes ceno con los vagos. Te aviso por si queres hacer planes con tu gente.
TU GENTE. TU GENTE. Un leve movimiento de nariz es la única respuesta al comentario de su novio.
—Viste que se desocupan tarde ellos. Así que organiza tranquila; no sé a qué hora terminaremos el asado.
Lo dice tal como si la tranquilidad fuese un condimento que se le agrega al arroz hervido.
—Okey, veré qué hago.
—Seguro la pasarán bomba.
—Seguro.
Luis lleva el vaso a la mejilla opuesta, le quema bajo la barba. Lanza las provocaciones con la esperanza de que cada una sea la última. El frío del hielo que colocó hace instantes le llega a las muelas y dispara el recuerdo del momento en que la cosa se torció, pero cuando quiere escarbar un poco para encontrar la explicación los hechos se diluyen del mismo modo que la neblina cuando se corre hacia ella. Está perdido, las piernas no le responden, tampoco los brazos y una bola de tela dentro de la boca le impide gritar. Es la peor pesadilla. Cada respiración cuesta más que la anterior. La temperatura desciende de manera vertiginosa y millones de gotas de humedad se congelan y caen filosas vejándole el cuerpo con heridas profundas e invisibles. El líquido dentro de los ojos se cristaliza y los transforma en dos bolas inútiles.
—A mí me gusta así de dulce la limonada.
Vuelve la vista al culo de la mami que sigue jugando con su criatura. A través del jean adivina el contorno firme y torneado por años gimnasio. Quiere atravesar la tela y llegar hasta la microtanga azul Francia que se pierde entre las nalgas. Las desea descendiendo sobre su cara. Un temblor ocasional en la mano con la que sujeta la de Camila es el único indicio de las intenciones que lo atraviesan. No le importa su novia, ni haberla traído a un bar de cuarta; tampoco que se dé cuenta que mira con lujuria a otras mujeres. Incide, aprieta, exige tal como lo haría un boxeador contra el costado en carne viva del oponente. Un gancho y otro, después un upper-cut. La quiere de rodillas, rendida, si es posible que lancen la toalla desde su rincón. Por eso fuerza los ojos tal que si fuesen un par de binoculares que le permitiesen proyectarse hasta el cuerpo de la mami tostado por el sol caribeño bajo el cual desearía estar en ese momento aplicándole bronceador mientras ella disfruta un daikiri. Lo tiene sin cuidado todo lo que no sean sus manos en el culo de esa mujer infernal.
—Me quiero ir, no aguanto más este lugar.
—Esperá un poco, ¿no ves que la tarde está hermosa y el jugo es riquísimo?
Él le dirige una sonrisa de catálogo.
—Sos un asco, Luis.
Hace un mohín con la boca y gira la cabeza en busca de la madre y su hijo. No la encuentra por ninguna parte. ¿Cómo pudo esfumarse en segundos?
—Te lo digo en serio: sos un asco.
El changuito de supermercado avanza a través de la calle en línea recta a donde se encuentran ellos. Está lleno de trapos, cajas, restos de comida y diarios viejos. Una vieja petisa y delgada al extremo lo empuja con esfuerzo. A medida que se acerca se hacen visibles los restos de vómito que le cubren el cuello y las puntas del cabello. Las tetas le baten lánguidas bajo la blusa roída. Sonríe.
—¿Ves lo que conseguís?
Entre la mugre del changuito la anciana construyó una especie de moisés en el que acostó el cadáver de un gato recién nacido y al que protege con mirada atenta.
—No tenemos nada señora, disculpe.
Camila se apresura a frenar el pedido inicial de la pordiosera que ignora sus palabras y se detiene ante la mesa.
—Te dije que fuéramos adentro —recrimina entre dientes a Luis.
La vieja se rasca los piojos y emite un sonido extraño con la garganta; alza el cuerpo pútrido del felino y lo enseña entre suspiros de alegría. Lo acerca a Luis que recién con el hedor de la carne en descomposición regresa al presente y se echa hacia atrás. La señora avanza medio paso y le suelta encima el cadáver. La remera comienza a teñirse con los jugos que escapan del animalejo. Luis contempla los ojos secos, el abdomen inflamado, la boca entreabierta por la que asoma una lengua desproporcionada. Ella le indica que lo acaricie.
—Dale, Luis, así se va de una vez.
Luis pasa la mano sobre el vientre del gato conteniendo las náuseas. La vieja le muestra las encías ennegrecidas y repite el sonido gutural, sujeta la jarra y bebe la limonada directo de ella. El líquido le desborda la boca y se derrama sobre el pecho. Al terminar eructa y les indica con un gesto que está muy bien. Después retira con cuidado al cadáver del regazo de Luis, lo deposita dentro del changuito y se aleja en sentido contrario al tránsito.
Camila observa a su novio que sigue con la vista a la anciana como si continuase sin registrar la inmundicia que acarrea.
—Es la tercera vez que te lo digo, sos un asco. Me tenés harta. —Susurra para evitar el escándalo entre los demás comensales. De todas formas, él no la atiende o simula no hacerlo con una intensidad tal que ni las uñas de Camila rasgándole la piel de los dedos consigue quebrar.
—Te odio. —El peso de la palabra articulada en su boca la sorprende. Escapa como un regurgito inesperado.
Yo también, piensa Luis sin cambiar de posición. Y qué lindo se siente saber que por fin podemos hablar con franqueza. No aguantaba más esto. Tose para liberar la garganta de algo que le impide hablar en voz alta, escupe a un lado una bola de bilis oscura.
—También te odio, Camila de mi corazón. Te detesto desde el día en que nos conocimos. —Llora lágrimas densas con un tinte empetrolado. Siente paz y lo invaden cortas carcajadas—. ¡Te odio! ¡Te odio, hija de puta!
—Forro.
Camila clava sus uñas en la palma de él y las hunde hasta las cutículas. Es consciente del calor que la atraviesa. La fuerza que empleó en ese proceso desató una reacción en cadena. Partes de Luis circulan a través de sus venas, puede verse a sí misma desde fuera, juzgarse y odiarse. Algo burbujea en su estómago y vomita un jugo sulfuroso. Luis estira para zafar del agarrón y en el movimiento la arroja contra a mesa; Camila vuelca la bebida, se arrastra sobre la superficie de madera e intenta sujetarse de algún lugar.
—¡Me lastimas! —dice Luis— ¡Soltame! —Usa su mano libre para liberar el brazo que está fundido con el de Camila. Retrocede tropieza con una maceta y cae a un lado de la hilera de sillas plegables sin utilizar. Camila termina encima suyo. De inmediato sienten el ardor que quema cada vez más. Tratan de separarse, pero a medida que lo hacen más partes de sus cuerpos quedan irremediablemente soldadas entre sí. Luis siente que Camila se hunde en él. En un movimiento desesperado, Camila desprende la cara del hombro de su novio y se retira lo suficiente para ver pedazos de sus labios y nariz adheridos al torso del otro. Quiere gritar y solo consigue articular un gorjeo de bajo volumen. Lo último que registra antes de caer definitivamente es la cabeza semi-derretida de Luis y sus ojos fuera de escuadra que emulan a los de un lenguado contrahecho. La masa se reduce a una viscosidad crepitante que se filtra a través de las uniones de los mosaicos.
La moza acomoda la mesa y putea contra la pareja que se fue sin pagar. Limpia los restos de limonada y vidrios rotos; un olor rancio que escapa de la vereda la obliga a rascarse la nariz.
* Publicado en la revista «Chaqueña» de Diario Norte el 10 de diciembre de 2023.

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