Nosotros, el jurado

Por: Marco Fernández Leyes
El jurado entra en silencio a la sala de audiencias mientras permanecemos de pie por orden de la jueza. Hay tal expectativa que resulta muy difícil asegurar si alguno de los presentes respira. La fiscal que lidera la acusación apoya levemente las yemas de los dedos sobre el escritorio como si tocara un complicadísimo acorde de piano. La posición en que me encuentro me impide ver las caras de querellantes y defensores, aunque sí consigo apreciar en el extremo opuesto de la fila la nunca recién afeitada y blanquecina del imputado.

El lugar está lleno de curiosos que intercambian opiniones breves y en voz baja sobre cuál será el resultado, cuidándose de que la jueza no los escuche. Una señora sentada a mi izquierda me golpea el brazo con su codo, ¿vos qué pensas? Le susurro que está difícil porque siento que quedaron muchos cabos sueltos. Sí, es cierto, ¡veremos!, me responde con una sonrisa llena de ansiedad.

Los doce integrantes del jurado se acomodan frente a sus sillas con la vista hacia adelante. Transmiten una convicción y tranquilidad que contrasta con el ánimo tenso que irradian las partes a pocos metros de distancia. Se sientan con una sincronía que me recuerda como caen las fichas de dominó. La jueza nos indica con un gesto de manos que podemos hacer lo propio y, a continuación, pregunta a la vocera del grupo si llegaron a un veredicto. El sí de la mujer rebota en las paredes. Hace una breve pausa mientras se pone de pie y lee la decisión a la que arribaron en forma unánime. Las palabras se suceden deshilvanando la duración normal del tiempo.
—Nosotros, el jurado, encontramos al acusado…

Momento cúlmine. La vocera lee el veredicto.

Lo que siga marcará la concreción de 170 años de mandato constitucional, permitiendo que el pueblo haga oír su voz. El origen de mi presencia en este lugar se remonta a un mes atrás cuando me invitaron a participar del simulacro de juicio por jurados organizado por la cátedra “B” de Derecho Procesal Penal de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la UNNE. En Corrientes el sistema aún no está vigente, pero las universidades empiezan a formar a los estudiantes para algo que será una realidad de aquí a pocos años. Por mi trabajo en el Área de Prensa del Superior Tribunal de Justicia del Chaco tengo la oportunidad de cubrir juicios de este tipo en la provincia desde 2019. Van más de cuarenta a la fecha y, sin embargo, siempre quedo con la espina de verlos únicamente desde la óptica del periodista, así que no necesito pensarlo dos veces para decir que sí a la oportunidad de intervenir como potencial jurado. Con suerte quedaré seleccionado entre los doce titulares o en el par de suplentes. Mi ilusión termina en la audiencia de selección porque una de las partes decide recusarme. Pese a eso, permanezco en la sala porque la curiosidad ya me picó. Asisto en el rol de público y casi jurado. Todavía mastico bronca. Quería formar parte.

Durante las próximas cuatro horas nos olvidamos que se trata de un simulacro y que cada una de las partes es interpretada por alumnos que están a punto de recibirse; excepto por la profesora Gabriela Aromí de Sommer, en el rol de jueza; y el jurado, compuesto por personas sin formación en derecho, tal como manda la ley.

Aunque somos conscientes de que si bien es un caso tomado de la vida real en esta oportunidad no hay nada en juego más allá de evaluar el desempeño de los estudiantes y hacer conocer las virtudes del sistema, no hay manera de que nos mantengamos al margen de la angustia y desazón que transmite la víctima mientras relata entre lágrimas el calvario en que se transformó su vida, ni de las palabras del imputado que asegura ser víctima él también y niega la autoría del hecho. Tampoco conseguimos ser indiferentes a lo que dicen media docena de testigos con el objetivo de fortalecer las posiciones de la fiscalía y la defensa. Tienen lugar actuaciones magistrales e instantes de nerviosismo cuando cada testigo es interrogado por la contraparte. Nada de lo que ocurre ahí está ensayado, tal como en la vida real. Las acciones parecen desarrollarse dentro de una pecera en la que estamos aislados del espacio-tiempo en el que transcurren las demás actividades de la universidad. En esta parte del juicio permanezco entre el público, al costado izquierdo del jurado, todavía no fui hacia el sitio que ocuparé cuando lean el veredicto. Me acomodo, estiro la espalda y me cebo un mate, una acción que sirve para recordarme que estamos en medio de un examen universitario.

El juicio por jurados tiene varias etapas y si bien esta simulación se resuelve en un par de horas, en condiciones normales dura una media de cuatro o, como mucho, cinco días. La primera instancia es la audiencia de selección (o en su modo más tradicional de mencionarla, “voir dire”) que consiste en un proceso por el cual las partes deseleccionan a los potenciales jurados hasta alcanzar un equilibrio que garantiza una composición lo más imparcial posible. En este punto quedan elegidas doce personas distribuidas en igual cantidad de mujeres y varones, más un número de suplentes variable que siempre será par y respetará la misma composición. Tal como sucedió hace unos momentos, la jueza técnica les lee las instrucciones iniciales en las que explica qué se espera de ellos como jueces de los hechos, señala quiénes son las partes, el imputado y enumera los hechos probados, aquellos sobre los que no hay discusión. Después cede la palabra a los representantes de la fiscalía, querella y defensa para que realicen los alegatos de apertura en los que presentan su versión de lo sucedido, lo que denominan teoría del caso.

Cuando terminan de exponer comienza la instancia de producción de la prueba en la que declaran los testigos de parte. Esta es la etapa más extensa del juicio porque es de aquí de donde el jurado obtendrá la información en base a la cuál tomará una decisión. Por eso la jueza les pide que presten mucha atención a cada testimonio y les insiste varias veces que solo deben guiarse por lo que ocurra durante las audiencias.

A partir de ese punto la secuencia se repite en espejo: llegan los alegatos de clausura para que las partes reiteren sus teorías y tomen las partes de las declaraciones que consideran importantes para reforzar sus argumentos y luego la jueza lee las instrucciones finales en las que repasa lo dicho al inicio y, entre otras cosas, explica el proceso que tendrán que seguir para decidir. Ahora sí está todo listo y el jurado es enviado a deliberar en reunión secreta (en el Chaco la ley exige que sean al menos dos horas, pero esto varía según cada norma) hasta que consigue la unanimidad necesaria.

El juicio en pleno desarrollo ante una sala expectante.

En el tiempo muerto que tenemos mientras esperamos la decisión me cambio de lugar. Ahora estoy en otro sector de la sala. Son las 19:04 cuando la vocera del jurado se pone de pie. La atmósfera se apodera de todos los lugares comunes: es tan densa que se corta con cuchillo, hay un silencio atroz, el tiempo transcurre en cámara lenta. Incluso cesa el griterío que hace segundos desbordaba el pasillo. Adentro componemos una pintura renacentista.

Es todo actuación, repito por enésima vez en un intento por liberar mis manos de la tensión que las atraviesa. Es un simulacro, nada más, insisto. Pero ¡qué va! a esta altura no queda nada de amistoso en este partido, cada equipo juega todas sus cartas en la competencia por ganar la adhesión del jurado. No es nada personal, solo negocios esgrimir citando a algún yuppie neoyorquino.

La vocera pronuncia “Nosotros, el jurado, encontramos al acusado no culpable”. De inmediato veo que el alumno-imputado lleva la cabeza hacia atrás y exhala un prolongado suspiro. Es la primera vez que luce relajado, tal que si en verdad se hubiera jugado la libertad. Sus defensores le dan palmadas y cruzan apretones de mano. Más acá el equipo de alumnos-fiscales tiene la vista fija en los escritorios, siguen procesando lo que terminan de oír, daban por hecho un veredicto de culpabilidad. A menos de un metro la alumna-víctima agita la cabeza a un lado y otro, repite no, no, no y mira a los alumnos-fiscales en busca de explicaciones. La jueza toma la palabra y agradece al jurado el servicio prestado para fortalecer el sistema de justicia. Nos ponemos de pie para que salgan de la sala. El juicio ha terminado.

* Publicado en la revista «Chaqueña» de diario Norte el 8 de octubre de 2023.

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